No le eches la culpa a la vida

Hace algunos años cuando era estudiante de la universidad tuve de compañera en una de las clases a una mujer que siempre parecía insatisfecha con lo que la rodeaba, pocas cosas la satisfacían pues era tremendamente exigente con los demás y consigo misma; una crítica insaciable que se comparaba la mayor parte del tiempo y tenía esta manera sutil de hacerte sentir mal por aquello que, a sus ojos, tú si tenías y ella no.

Compartimos buen tiempo juntas así que por un momento pensé que mi mirada sobre la vida podría ser demasiado ingenua y que me vendría bien empezar a ponerme más sus “gafas”, porque, entre otras, sus posiciones siempre la hacían ver más inteligente de lo que ya era.

No recuerdo bien cuanto tiempo duró mi experimento, lo que si recuerdo bien es que empecé a sentirme profundamente aburrida e infeliz con la vida, mi irresoluta capacidad de mantenerme optimista se fue opacando y todo lo que yo veía posible, dejó de serlo. Hasta me volví celosa y desconfiada por esa época.

Pasó que bajo esa mirada que presté de ella, todo era sujeto de ser criticado porque no cumplía con unos estándares que no se quien puso; la vida ya no era un flujo constante de oportunidades para aprender, crecer y conocer gente y cosas nuevas, sino un complejo compendio de situaciones insuficientes para hacernos felices, la vida parecía que siempre nos quedaba debiendo algo y por tanto había que exigirle.

Y se preguntarán ¿cómo le exige uno a la vida? Pues en ese momento, le exigíamos a los padres, novios, hermanos, profesores, amigos… exigíamos atención, que resolvieran nuestras demandas, que hicieran más o hicieran menos, hasta que, en algún momento me empecé a sentir tan desgastada, tan desagradecida, tan desdichada y los demás des- que se imaginen que decidí devolverle “las gafas” a mi amiga y continuar con las mías tal vez un poco más ingenuas, pero definitivamente mucho más felices.

Desde entonces hasta hoy decido desde donde me quiero vivir la vida. Analizo las gafas con que miro al mundo, actualizo su fórmula cuando el filtro con el que observo deja de servirme para aprender y en vez de exigirle a la vida y pasarle una lista de reproches, la recibo con lo que trae, agradezco lo que soy y lo que he construido, aprecio todos y todo cuanto me rodea y me esfuerzo por contribuir a mi entorno de la mejor manera posible.

No siempre ha sido fácil y he tenido momentos muy frustrantes, sin embargo, algo que si tengo claro es que he podido salir de esos episodios “difíciles” de la vida porque aprendí que eso de andar echándole la culpa a otros, criticándolo todo y a todos, como si los demás debieran hacerse cargo de mi felicidad no es el camino; sólo refuerza la frustración, el dolor y nos separa de quienes amamos porque nos volvemos o arrogantes o demandantes, agotando las relaciones.

Escribo esto porque a hoy en día me he encontrado que muchos de los motivos de consulta (en coaching ejecutivo, de vida o para procesos de sanación), están asociados con que las personas se sienten frustradas o aburridas o desdichadas. Y en varias de estas ocasiones no es más que las gafas con las cuales miran el mundo y se acercan a la vida y a la realidad que los rodea. Entonces, siempre habrá un villano en la historia (a veces lo disimulan y disfrazan) o un hecho que ha encadenado su destino o un hueco del cual es imposible salir. En resumen, parecen condenados.

Aprender a identificar cómo nuestra mirada de la vida influye en ella, y saber cambiar de gafas cuando lo que observamos no nos está siendo útil para ser mejores seres humanos y más felices, es parte del proceso de salir de la aburrición y de la frustración y empezar a vivir una vida más plena con todo lo que trae.

Hay diversidad de caminos para dejar de echarle la culpa a la vida y más bien apropiarnos de nuestro destino, pero la más sencilla y práctica de todas es practicar 1 de las 4G de la espiritualidad: ¡¡¡la gratitud!!!!

Así que antes de levantarte de la cama y antes de irte a dormir agradece lo vivido en el día; recrea momentos que te hayan hecho sentir bien y da las gracias de corazón por haberlos vivido.

La gratitud siempre será un buen comienzo.

Angela M. Peña

Angela María Peña Luque

Catalizadora de procesos de
cambio y renovación
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